Al igual que Beethoven, que parece haber compuesto su sinfonía oculto entre la hierba de algún prado y arrullado por mil y una sensaciones y reflejos de luz más que de sonidos propiamente dichos, Palacio Valdés escribe desde Madrid, imbuido de recuerdos y dominado por la nostalgia. Una nostalgia y un énfasis por rescatar los restos del naufragio (téngase en cuenta que en La aldea perdida había descrito ya el final de una época a la que aquí se retrotae) que se transmiten tanto a la tesis central de la obra -que no es otra que recobrar la alegría de vivir-, como a la estructura de la novela, cuanto al tratamiento de las coordenadas históricas y a la propia estrategia.
La estructura narrativa, de una aparente (y sólo aparente) simplicidad, sigue el decurso narrativo de una voz omnisciente que despliega la historia de principio a fin con los imprescindibles saltos temporales para dotar a la narración de una suficiente dosis de interés.





